Muchos adolescentes (a partir de los 12-16 años) recurren a las autolesiones cuando se sienten desbordados o no saben manejar ciertas situaciones.

La forma más común de autolesionarse es mediante arañazos o cortes en brazos, muslos y abdomen, sin embargo, hay adolescentes que recurren a las quemaduras o a los golpes (sobre todo los varones).

Estas conductas son cada vez más frecuente en la adolescencia. Daniel Vega, psicólogo español, en uno de sus estudios realizados con población adolescente, planteó que el 32,7% se ha autolesionado alguna vez. Es decir, que uno de cada tres adolescentes utiliza estas prácticas, lo que supone un dato muy alarmante.

Las autolesiones pueden parecer conductas suicidas, sin embargo, no suelen tener esa intencionalidad. Los adolescentes que se autolesionan no buscan quitarse la vida, sino aliviar un dolor emocional que les está desbordando.

Pero… ¿cómo un adolescente mantiene estas prácticas tan perjudiciales?

Porque el dolor físico es mucho más manejable que el dolor emocional. Digamos que es más fácil curar una herida que sangra, a un corazón roto, una infancia infeliz, una situación de bullying,  unos síntomas de ansiedad, el rechazo de unos compañeros, la tristeza de una amistad perdida… La autolesión, entonces, se convierte en el mecanismo de autorregulación emocional que mejor les funciona y más rápido actúa. En cuanto me provoco daño físico, en cuanto me corto, ese dolor corporal me hace olvidar el emocional.

Pero… ¿Qué nos puede indicar la presencia de autolesiones?

  • Que existe una dificultad para autorregularse emocionalmente y, por ello, se recurre al daño físico. Como no sé aliviar mi tristeza o mi angustia de ninguna forma, recurro a la autolesión porque, con ella, me olvido de las emociones que tanto me duelen.
  • Que existe un “aplanamiento” afectivo, es decir, que el adolescente tiene la sensación de que no siente “nada” y, al provocarse dolor físico, se activa. Esto suele ocurrir en adolescentes con un estilo más bien depresivo. Al estar sumidos en esa desesperanza, descubren que el dolor físico les hace sentirse “vivos”.
  • Que necesita atención y ésta es la forma en que ha aprendido a “pedirla”. Si mis padres/amigos/pareja ven que me corto de forma frecuente, empatizarán conmigo, me harán más caso, estarán pendientes de mí y eso me hará sentirme mejor.

Estos son los motivos más frecuentes por los que los adolescentes utilizan las autolesiones en su día a día. Aunque, como decíamos antes, no suelen llevar implícita una intención suicida, sí pueden existir complicaciones (que se hagan más daño del que querían, que se les “vaya de las manos”, que se produzca una infección por curar mal la herida…). Además, diferentes estudios clínicos plantean que la presencia de autolesiones en la adolescencia triplica el riesgo de cometer actos suicidas en el futuro.

Pero… ¿Esto tiene solución?

 

Sí. La tiene.

Lo primero que se debe hacer si conocemos a alguien que se autolesiona (hijo/a, amigo/a, hermano/a…) es pedir ayuda a un profesional. Recordemos que es una conducta que, aunque en principio no conlleve ideas suicidas, puede complicarse gravemente.

Con los adolescentes, generalmente abordamos las autolesiones desde un plano emocional. Al fin y al cabo, el daño físico está actuando como un regulador, la autolesión acaba siendo el “ansiolítico” del adolescente…

Por ello, resulta fundamental hacer psicoeducación emocional para enseñar estrategias más saludables que permitan gestionar bien las emociones (sobre todo las desagradables).

Asimismo, la clave está en encontrar otros recursos que permitan regularnos a nosotros mismos, gestionando nuestras tristezas, nuestra ansiedad…, todas esas emociones que duelen de forma más intensa.

En definitiva, se trata de aprender a llevar una vida plena y más saludable. Enseñándoles a nuestros adolescentes que no solo el dolor físico alivia el dolor emocional que están sintiendo… sino que existen numerosas alternativas que tienen el mismo efecto.

Con las familias hacemos un análisis de la situación que se vive en casa para conocer las formas que existen de relacionarse entre los distintos miembros, las dinámicas familiares, etc. Dotamos a los padres (o figuras de referencia) de estrategias para poder hacer frente y lidiar con sus hijos. Asimismo, fomentamos una comunicación eficaz en el entorno familiar pues, como planteábamos antes, en muchas ocasiones las autolesiones son llamadas de atención.

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