Como pudimos ver en el artículo anterior sobre el miedo, se trata de una respuesta natural que nos ayuda a mantenernos a salvo, ese amigo que nos enciende la voz de alerta cuando algo malo puede pasarnos.

Pero a veces esos mensajes nos llegan de forma muy intensa o de manera que no sabemos interpretarlos correctamente.  Eso nos lleva a ir adquiriendo otros tipos de miedos, además de los evolutivos. Pueden ser debidos a nuestras experiencias pasadas, a una situación traumática o a un aprendizaje. Es en este aprendizaje cuando se crea la diferencia entre miedos normales y fobias. Las fobias serían esos miedos incapacitantes, una respuesta física, comportamental y cognitiva desmesurada y que nos impide enfrentarnos a la situación temida. Se crea un bloqueo emocional que lleva a la evitación de la situación y a la pérdida de control.

¿Cómo son las personas temerosas?

En ocasiones,  debido a una educación sobreprotectora en la que se han ido inculcando situaciones cotidianas como amenazantes y a una evaluación negativa de las propias habilidades y recursos con los que hacer frente a los peligros, se han llegado a desarrollar personalidades temerosas.

Este tipo de personas presentan rasgos como:

  • Inseguridad.
  • Timidez.
  • Baja autoestima.
  • Hipersensibilidad a la evaluación negativa.
  • Sentimiento de inferioridad.
  • Tendencia a la evitación de situaciones nuevas.
  • Dependiente de las personas con las que se siente a gusto.
  • Temor al rechazo.

Debemos tener en cuenta que es beneficioso y necesario llegar a controlar esos estados de miedo porque podrían convertirse en un rasgo de personalidad en lugar de ser sólo un estado momentáneo determinado por una situación concreta.

Para ello, lo más importante es identificar y ser conscientes de las limitaciones que el miedo nos está imponiendo. Si alguno de los miedos pasa a convertirse en una fobia incapacitante, lo más recomendable es acudir a un profesional de la salud mental especializado en llevar a cabo el proceso necesario para combatir esa fobia.

En casos menos limitantes podemos poner en marcha una serie de pasos como los siguientes:

  • Cuando se identifican los síntomas físicos, tener en cuenta que se trata de síntomas propios de la ansiedad que hemos generado con nuestros pensamientos, pero que no van a producir un daño mayor al que estamos sintiendo. Si bien es cierto que la ansiedad es molesta, hasta la fecha no se ha producido ni un solo caso de muerte por ansiedad.
  • Desechar los pensamientos catastrofistas.
  • Activar tu parte más racional para desactivar la respuesta emocional.
  • Someter los pensamientos negativos limitantes a juicio de realidad  buscando pruebas objetivas a favor y en contra de la probabilidad de que se dé realmente el peligro que estamos evitando.
  • No sentirse culpable por sentir miedos irracionales, pero sí responsable de tomar las medidas adecuadas para superarlos.
  • Practicar ejercicios de respiración abdominal y de relajación.

Debemos tratar de ver al miedo como nuestro aliado para mantenernos a salvo y ser conscientes de que se trata de un mecanismo biológico de protección que se pone en marcha  como una alarma. Pero somos nosotros los que debemos hacer la programación para que la alarma se dispare como señal ante las situaciones realmente peligrosas y evitar que se ponga en marcha ante situaciones que no lo son.

Los miedos y las fobias son los trastornos psicológicos con mayor posibilidad de éxito con un buen trabajo terapéutico junto a un especialista de la salud mental.

“El hombre valiente no es el que no siente miedo, sino aquel que conquista ese miedo”.

                                                                                                                                             Nelson Mandela

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